Trauma relacional: qué es y cómo repararlo:

Las personas somos seres sociales; dependemos de los demás para sobrevivir. Desde que nacemos, dependemos de nuestras figuras de apego primarias (normalmente, nuestros padres), y es a través de ellos de quienes empezamos a aprender cómo funciona el mundo, cómo somos nosotros y cómo son las relaciones con los demás.

Cuando nuestras primeras interacciones están marcadas por negligencia, violencia, ausencia de cuidados, indisponibilidad o disponibilidad intermitente de los cuidadores, se pueden generar una serie de creencias sobre el peligro de vincularnos, dando lugar a lo que conocemos como trauma relacional.

El trauma relacional no consiste (normalmente) en un único evento marcadamente intenso, sino en “pequeños” eventos que, sostenidos en el tiempo, determinan la manera en que nos movemos a la hora de relacionarnos con las personas de nuestro entorno.

Aquí te dejo algunos ejemplos:

  • Si durante mi infancia, mis padres no me atendieron emocionalmente, en la vida adulta quizá haya aprendido que no puedo esperar cuidados por parte de los demás.
  • Si durante mi infancia, me han invalidado y humillado, quizá aprendo que no valgo y no merezco amor.

Lo que origina el trauma no es lo que ocurre en sí, sino la repetición de los patrones, la creación de los “modelos internos» (creencias que construimos sobre quiénes somos, cómo son las relaciones con los demás y cómo nos relacionamos con el mundo), y el hecho de que esto ocurra en la relación que debería ser un espacio seguro para nosotros.

Esto nos lleva, como niños, a desarrollar herramientas de supervivencia; formas de actuar útiles para sobrevivir al contexto en que nos movemos, pero que a medida que vamos creciendo, empiezan a generar malestar, conflicto y sufrimiento. Siguiendo los ejemplos anteriores:

  • El niño que interiorizó que los cuidados no iban a llegar, aprende a hacerlo todo solo, a que no puede confiar en los demás y le cuesta cuidarse a sí mismo porque nunca aprendió lo que era sentirse cuidado.
  • El niño que fue humillado e invalidado busca relaciones donde sentirse válido y eso le lleva a hacer siempre lo que quieren o esperan de él, a no poner límites y a quedarse en relaciones donde no le dan el lugar que merece.

Aunque las manifestaciones pueden ser diversas, algunas de las formas que más podemos ver en consulta son:

  • Hipervigilancia: aprendemos que el mundo no es un lugar seguro, y nuestro sistema se mantiene constantemente en alerta, tratando de anticipar el peligro (un rechazo, humillación, abandono…), generando reacciones desproporcionadas a la situación, ansiedad, miedo, desconfianza, etc.
  • Baja autoestima: interiorizamos que nuestra valía no depende de quién somos sino de lo que hacemos, que no somos suficientes, que no merecemos amor, lo que da lugar a un diálogo interno crítico y una visión negativa de nosotros mismos.
  • Dificultad a la hora de establecer vínculos: esas creencias pueden afectar a la hora de relacionarnos con los demás (repitiendo dinámicas pasadas, escogiendo vínculos que nos dañan), dando lugar a relaciones donde no nos sentimos seguros, con personas que no nos aportan lo que necesitamos, desarrollo de miedo al abandono, dependencia emocional o aislamiento y evitación emocional, entre otros.
  • Gestión emocional disfuncional: al no haber aprendido a identificar, regular y expresar nuestras emociones de forma sana o funcional, a veces tendemos a explotar con ciertas emociones, a guardarlas para evitar conflictos o incluso a desconectarnos de ellas para evitar sufrimiento.

Reparar o sanar el trauma relacional tiene mucho que ver con la ruptura de los patrones aprendidos e interiorizados durante tanto tiempo. En terapia, una de las primeras formas de reparación es a través del propio vínculo terapéutico, generando un espacio donde aprender a sentirnos cómodos, seguros y de confianza.

Durante el proceso de terapia, será importante evaluar nuestra historia de vida, entender qué experiencias han influido y de qué manera en la construcción de nuestro sistema de creencias, así como posibles consecuencias o manifestaciones en el presente.

A lo largo del trabajo terapéutico y siempre con el sostén del vínculo, aprenderemos a relacionarnos con nuestras emociones de forma más segura, permitiéndonos sentirlas y regularlas (que no significa que desaparezcan) para responder de forma más adaptativa a las diferente situaciones.

Aprenderemos a mirarnos a través de nuestros propios ojos y no desde los de los demás, reconstruyendo nuestra identidad desde una mirada más compasiva y amable.

Si has conectado con este artículo y quieres trabajar en tu forma de relacionarte contigo, con los demás o con tu entorno, puedes contactar conmigo aquí.

Referencias:

Bessel van der Kolk (2014).
El cuerpo lleva la cuenta: cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma.

Daniel J. Siegel (2012).
La mente en desarrollo: cómo interactúan las relaciones y el cerebro para dar forma a nuestro ser.

John Bowlby (1969/1982).
Apego y pérdida (Vol. 1).

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